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10- 1974

En el servicio del orfanato no supieron entregar a mi hija a una buena familia. Si hubieran investigado un poco se habrían dado cuenta de que esa familia estaba a punto de romperse. Y así pasó.

Al poco tiempo de la adopción, el marido desapareció con otra mujer. Se ve que 3 criaturas eran demasiado para él. Yo he sido capaz de criar a cientos de niños sin abandonar a ni uno solo de ellos.

La madre de la familia tenía que hacerse cargo de todo, y no podía. La pobre mujer lo intentaba pero simplemente no podía.

Se pasaba los días llorando. Y vi en la cara de mi hija, a la que han llamado “Laurén”, que se sentía culpable de esto.

No me decidí a actuar hasta que un día, viéndola desde la calle llorando me percaté de que ella me veía a mí. Tiene los ojos de un Ikkiba, y puede verme. Si creyera en un dios, creería que esto es un milagro. Mi hija me ha visto por primera vez… Fue una de las sensaciones más dulces de mi vida.

Desde entonces la seguí, la acompañe y fui su “amigo invisible”. Comencé a hacerme cargo de ella.

Una mañana, uno de mis niños infiltrado en servicios sociales me avisó de que iban a quitarle la niña a su madre de acogida.

Mientras el agente social le daba la noticia a la madre, mandé a Índigo y a otros cuantos a por la niña. No la volverán a meter en el orfanato.

Llegaron justo a tiempo, antes de que unos matones del colegio volvieran a pegarle. Y Laurén se vino con nosotros… Aunque le di un nombre de niño perdido, Cyan. No debe saber que es hija mía, no quiero que piense que la abandoné, ni que los otros la vean diferente porque… Ella es alguien muy especial. Me la llevo a Talamasca.

Categoria: Diario de JC

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