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¡¡Hola Becquerianos!! Hace unas semanas convocamos un concurso literario. El objetivo era escribir un relato que le diera una historia al colgante que usa Crístian en la 3ª temporada (el de la fotico). Como recordaréis, cuando hicimos el crowdfunding de la 3ª temporada, una de las recompensas era que un objeto tuyo apareciera en la temporada, este colgante en concreto fue prestado por nuestra superfan Raquel, y Crítian lo llevó toda la temporada (luego se lo devolvimos, claro). Pero imagino que lo que más os interesa saber ahora es el ganador, ¡¡pues felicidades Ammy!!. Te has ganado un pase premium para ver la serie siempre antes que nadie, PERO OJO, Ammy ya tiene pase, eso significa que puede donarselo a quien quiera ¡¡todo el mundo a hacerle la pelota!! 😉

Antes de poneros el relato de Ammy para que lo disfrutéis, querémos darle una mención de honor a Mónica Pernas y Danger Rashziel, quienes estuvieron muy muy apuntito de ganar, compitiendo duramente con Ammy. Ellos fueron los finalistas, y merecen un gran aplauso por su gran talento ¡bravo artistas!. Sin más dilación os dejamos con el relato de Ammy.

 

 

 

 

Valle de los Reyes. Verano de 2016

Una pequeña pero importante expedición de arqueólogos llegó al Valle de los Reyes, un antiguo cementerio egipcio situado a orillas del río Nilo, en las afueras de Luxor, anteriormente conocida como Tebas.
Los seis arqueólogos montaron un pequeño campamento compuesto por cinco tiendas grandes, tres para dormir, una para cocinar y otra con material necesario para las excavaciones. El líder de la expedición, David, había conseguido los permisos necesarios para profundizar en la zona más recóndita del Valle, y con las primeras luces del amanecer los arqueólogos se adentrarían en el lugar armados con cinturones donde tintineaban los cinceles.

El sol apenas había asomado por el horizonte cuando Sonia despertó a Alex de un codazo. Se vistieron entre bostezos y salieron de la tienda, donde fueron recibidos por un inconfundible olor a pan tostado y bacon. Los arqueólogos desayunaban en silencio, rodeados del eco de la corriente del Nilo.
Una hora después, se adentraban en el Valle. Recorrieron el pasillo principal, donde otros arqueólogos antes que ellos habían descubierto los sarcófagos y reliquias de antiguos faraones. El camino, cerrado en el s. XIX, volvía a estar abierto para ellos, y la emoción latía en ellos cuando comenzaron a remover arena y piedra.
Unos minutos más tarde, cuando el sudor empapaba sus frentes y era difícil respirar entre el polvo, una última roca cayó y un orificio les permitió seguir adelante. Pasaron con cuidado entre los escombros y llegaron a una sala irregular, cuyo fondo no se dejaba ver a la resplandeciente luz de las linternas.
En mitad de la entrada de la sala había un sarcófago. Había permanecido en perfecto estado, los colores dorados y rojizos de la tumba brillaron cuando River apartó la capa de polvo con la manga de su chaqueta. El equipo sonrió y sus miradas de satisfacción se cruzaron.
-No ha sido tan difícil –dijo David-. ¿Quién creéis que es? Hagan sus apuestas.
Se dividieron el trabajo. Dos de ellos, David y River, analizarían el sarcófago e intentarían abrirlo; los demás registrarían el resto de la sala, buscando indicios que pudieran identificar al faraón que descansaba en aquel lugar.
Alex llevaba la cámara e iba fotografiando las paredes, donde se apreciaban restos de pinturas y jeroglíficos. Sonia, a su lado, trataba de interpretar las escenas e iba anotando en un pequeño cuaderno con las cubiertas azules las historias que había relatadas en las paredes.
Habían pasado largos minutos, quizá pocas horas, cuando uno de los arqueólogos llegó volvió de entre las sombras del fondo de la habitación.
-Chicos, el pasillo continúa al fondo. Y por cierto, creo que hay estatuas.
David dejó un pincel sobre el rostro dorado del sarcófago y alzó la vista al chico, un hombre joven de cabello cobrizo.
-¿Crees? O hay estatuas o no hay.
El chico titubeó un momento antes de explicar que había visto unas figuras oscuras y altas, como estatuas, pero al alumbrar el lugar con la linterna no había más que paredes. Sin embargo, estaba seguro de haberlo visto.
-Serán ilusiones ópticas –sentenció David-. Esta tarde cuando volvamos pondremos la luz; así no se puede trabajar.
Sonia no escuchaba. Mantenía la vista fija en una escena, decorada en colores dorados y azules. Varias cosas llamaron su atención de ella: la pintura se había conservado mejor que en las anteriores, por lo que pensó que sería menos antigua; las figuras representadas tenían expresiones, algo que ella nunca había visto. Los rostros de las personas, ladeados, presentaban las bocas abiertas y desencajadas, y algunas tenían lágrimas en los ojos. Por un instante, el miedo se apoderó de Sonia. Pero sólo unos segundos, pues la voz de River llegó a ella y la devolvió al presente.
-Hora de abrir el sarcófago, chicos –anunció, alzando una palanca. Esperó a que todos se colocasen a su alrededor para ensartar la tapa del sepulcro y, con gesto teatral, lo abrió.
Un fuerte olor a cera y a polvo los envolvió. Dejaron caer la tapa con sumo cuidado a un lado y observaron el cuerpo envuelto en telas que yacía allí. Las telas eran de colores fuertes, rojizos, anaranjados, verdes y amarillos, y desprendían un ligero y apenas perceptible olor afrutado y dulce. Las manos, cruzadas sobre el pecho, sostenían dos bastones cortos de oro. Los dedos, aunque delgados, mantenían cierta vitalidad que se divisaba entre los paños.
A pesar del buen estado de la momia, lo que más sorprendió a los arqueólogos fue una pieza de metal que reposaba sobre su rostro, en la minúscula llanura de sus labios. River lo cogió y lo sostuvo en alto, donde todos lo vieran a la luz de las linternas. Alex se adelantó y pidió a River el objeto con un gesto. Cuando lo tuvo en su mano, lo observó durante unos segundos y se lo mostró a Sonia.
-Hemos visto esto antes. Aparecía en una escena.
Unos metros más allá, Alex y Sonia señalaron al resto del equipo una pintura en la pared. En ella, se representaban unas figuras similares a las humanas en todo, salvo que no tenían dibujados rasgos. Los característicos ojos de los rostros no estaban, y tampoco tenían ropa ni color rojizo de piel; sólo eran blancos o negros. Contrario a éstos, era una representación dos veces mayor de uno de los dioses egipcios, que sostenía una pequeña pieza entre sus dedos. Una pieza idéntica a la que habían encontrado en el sarcófago.
La sala quedó sumergida en un silencio sepulcral durante un largo minuto. Sonia se estremeció.
-Esas figuras son como las estatuas que he visto antes.
Desviaron la mirada de la pared y se giraron. A sus espaldas se encontraba media docena de estatuas. Solo que no eran estatuas. Junto al chico había una figura negra que se confundía con la oscuridad. Un grito agudo escapó entre sus labios antes de caer al suelo.
-¡¡CORRED!!
Sonia notó un tirón y echó a correr junto al resto del equipo hacia el fondo de la sala. Una de las linternas cayó y la luz se perdió tras parpadear. Oyeron un golpe sordo y supo que alguien había tropezado con ella. Cerró los ojos y apretó los dientes justo antes de oír el grito que escapaba de la garganta de David.
Corrieron durante largos minutos. Corrieron hasta que las piernas de Sonia flaquearon y hubiera caído de no ser por los dedos de Alex clavados en su brazo, que tiraron de ella con fuerza. Unos segundos después, se detuvieron en uno de los afluentes del pasillo y recobraron el aliento. Alex y Sonia se dejaron caer hasta el suelo; River y el otro arqueólogo, un chico nervioso de rasgos suaves, permanecieron con la espalda pegada a la pared.
-¿Qué son? ¿Fantasmas? –preguntó River entrecortadamente.
-Los fantasmas no existen, son un invento de Cuarto Milenio.
Oyeron un ruido demasiado cerca. Alex y Sonia se pusieron en pie de un salto y dieron unos pasos hacia atrás cuando un ser apareció al final del pasillo. Su cuerpo era blanquecino y transparente, como un velo. Se adivinaban unos rasgos definidos, unos ojos que miraban sin ver, y una túnica atada al hombro. Parecía un niño pero no lo era.
Aquella criatura se evaporaba y reaparecía al instante, cada vez más cerca de ellos. Emitía unos sollozos roncos que se volvían más violentos según se acercaba. Alex soltó a Sonia y se colocó ante el grupo, sostuvo la pieza de metal con los dedos como la divinidad de la escena y gritó una palabra al niño, que se alejó unos metros y, finalmente, se evaporó.
Sonia corrió hacia él y abrazó su espalda.
-¿Cómo has hecho eso?
-He imitado la escena. Se me ha ocurrido así, sin más –dio unas vueltas al amuleto entre sus manos-. Quizás le tengan miedo, si lo asocian a un dios… -dejó la frase en el aire, pensativo.
River se acercó a ellos y alumbró el camino por el que habían venido.
-La salida es por allí. Si podemos utilizar eso para alejar a esos seres, podemos salir de esta tumba.
-Vam…
La palabra se atragantó en la garganta de Alex. Un chillido agudo salió del callejón donde se habían refugiado y una luz tintineó en su interior hasta quedar alumbrando una pared. Echaron a correr en dirección contraria durante un largo trecho y llegaron a la sala del sarcófago, donde encontraron los cuerpos inertes de sus compañeros. El chico estaba tumbado con la espalda apuntando a ellos, pero el cuerpo de David apuntaba al techo. Sus extremidades estaban en una postura imposible y su rostro… No pudieron contemplar su rostro, desencajado y pálido como arena del desierto.
Corrieron sin mirar atrás hasta que llegaron a ver la luz del sol de mediodía al final del pasillo principal del Valle de los Reyes. El aire fresco y el olor suave del Nilo les acariciaron como una pluma cuando llegaron al exterior y no dejaron de correr hasta llegar al campamento, donde se dejaron caer, exhaustos, entre las tiendas.

España. Abril 2017
-¿Sonia?
Sonia dormitaba en un sillón con un libro abierto en el pecho y las gafas de medio lado. Despertó al suave zarandeo de Alex con una sonrisa que se esfumó ante el rostro tenso del chico.
-¿Qué ocurre? –Por toda respuesta, Alex puso un ordenador en su regazo. En la pantalla aparecían una serie de vídeos.

España. Abril 2017
Cristian encuentra en su escritorio un sobre certificado. Lo mira con el ceño fruncido, pero enseguida una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro cansado. Rompe un lado del sobre y deja caer su contenido en su mano: un colgante de plata y una carta de su hermana Sonia.

2 respuesta de momento.

  1. Cherry dice:

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  2. l’atto omosessuale è un offesa a Dio e alla natura; molto molto semplice. probabilmente il “non dichiararsi gay”, per loro significa “non andare in giro a fare pomiciate omo per poi raccontarlo a tutti”; ma io penso che persone con quelle tendenze, che imparano a portare la loro croce e ad essere liberi per amore di Gesù, senza arrecarGli nessuna offesa, dovrebbero condividere l’esperienza della loro lotta, soprattutto con i giovani.

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