Este relato es publicado bajo la autoría de Sara Rodado, componente del equipo de la serie. Lo que comparte es parte del trabajo como actriz. Inventó una serie de recuerdos para ayudar a dar vida a su personaje, Lulaia. Esta es su visión particular de Kishar y de los personajes de la serie sacada de los ensayos con Manu Franco, conversaciones con sus compañeros actores y/o su propia imaginación. Que disfrutéis.

 

lula y ammy

 

Si había algo que odiaba más que los galla eran los esclavistas humanos. Ammy veía como se jactaban de haberla cogido. No se daba cuenta que en su lucha se tropezaba con otros también ataviados con cadenas o incluso peor…

La décima vez que cayó encima de otros primigenios igual de salvajes que ella, Ammy vio algo que llamó su atención y su mente no comprendía. Entre los capturados había una mujer con el pelo trenzado, amarrada por los pies, colgando boca abajo con la cabeza parcialmente cubierta por la partes de los sentidos, ojos, boca, orejas, con una horrible máscara que aparentaba ser pesada y constreñida. La observó durante horas y seguía sin comprender… A ella y a los demás los habían metido en jaulas comunes a ras de suelo o a los más rabiosos los habían encerrado en jaulas aisladas, suspendidas en el aire, expuestos al clima y al hambre como castigo, pero aquella mujer que colgaba, embozada y rasguñada permanecía tranquila, aparentemente inofensiva ¿Por qué entonces la tenían así los galla? ¿Por miedo a que se escapara? Imposible, pensó Ammy, una vez que se está en La Ciudadela es imposible escapar.

Al cabo de dos días Ammy supuso que bajaron a aquella mujer misteriosa de allí al ver que no se movía, y por tanto parecía inofensiva.  Para identificarla respecto a los otros esclavos la dejaron solamente una especie de bozal que aunque impedía verle el rostro no impedía la ingesta de alimentos. La bajaron prevenidos, casi asustados. A Ammy le resultó curioso que cuando liberaron los ojos de aquella no se viera una reacción ante la luz, como si se acostumbrara al segundo, como si el sol no quemara sus retinas como haría con cualquiera. Simplemente no se inmutó.

Los soldados galla normalmente empujaban a los primigenios dentro de las jaulas, con la desconocida no lo hicieron, es más, una vez estuvo dentro le dieron algo de agua y comida, y no se marcharon hasta que comió como si ese espécimen humano fuera valioso, como el semental de un caballo o un toro podría serlo para un humano del primer plano. Parecían tan sorprendidos como Ammy de la excesiva docilidad que aparentaba la desconocida.

Cuando los soldados se marcharon, Ammy, fue la primera en acercarse por curiosidad. La mujer que hasta entonces miraba a un inexistente horizonte le devolvió una fugaz mirada. Ammy retrocedió unos pasos, cuando quiso recuperar la distancia ya otros la habían saldado. Unos machos primigenios observaban a la mujer de cerca con intenciones muy claras. Ammy tuvo que echarse a un lado pues los machos en celo son fácilmente violentables.

Estos tres machos habían estado midiendo la fuerza y habilidad de todos los demás que había en la jaula. Su principal preocupación era introducirse en una hembra para saciar su inmediato apetito sexual, sin reparar en que su libertad les había sido suprimida. Uno de los hombres olfateo de cerca su cuello, ella sin inmutarse dijo –Barac otnia taff- algo que en español vendría a significar –No estoy de humor-. Los tres se miraron y se abalanzaron. La jaula se volvió un caos. Todos los esclavos primigenios gritaron durante el proceso, hasta un momento en que se hizo el silencio. Dos soldados galla que hacían la ronda se acercaron a ver qué pasaba. Dentro de la jaula la gente se apartó y pudieron ver a los tres hombres muertos. La mujer misteriosa permanecía totalmente quieta, sin llamar la atención de los guardias.

Los soldados se enfadaron pues ahora todos ellos, los primigenios, eran propiedad del pueblo galla y no podían matarse libremente. Metieron a dos machos en jaulas aisladas y con poleas los elevaron, exponiéndoles al clima y a la hambruna. Esos hombres se hacían llamar Jaroy y Farrok. El primero era una bestia que al hablar parecía tener algún tipo de problema o deformidad en la boca. El segundo no opuso resistencia, su color era oscuro y su voz atronadora y grave. Uno de sus brazos, al parecer inservible, estaba envuelto por una horrible cicatriz que llegaba hasta el hombro,  y además tenía un ojo de cada color. Digamos que el aspecto de estos dos no era amigable, por ello los soldados pensaron que estaban detrás de las muertes de aquellos tres. Por otro lado la aptitud aparentemente tranquila de la mujer misteriosa había hecho que olvidaran las circunstancias de su captura, pasando ahora desapercibida.

Nadie en la jaula se acercaba pero la curiosidad de Ammy era lo suficientemente grande como para no ser cauta. En el idioma galla se presentó. La chica misteriosa tardó en contestar, supongo que se quedó pensando si le apetecía compartir esa información. Su nombre cupo en un susurro –Lulaia-.

Ammy pudo deducir del acento de Lulaia una procedencia nada halagüeña. Su peculiar forma de hablar la relacionaba con tierras y gentes peligrosas. Sin duda alguien hábil, aunque eso Ammy pudo verlo en esa fugaz mirada que la dedicó, una mirada encendida, una mirada propia de alguien que no ha nacido para una jaula.

Lulaia también vio algo en los ojos de Ammy, algo que podría ser de utilidad…

En efecto Lulaia no tenía pensado dedicar su existencia a ser esclava. Con más miradas que palabras ambas pactaron algo.

Cuando la noche se hizo y todo estaba aparentemente en calma, Ammy, empezó a intimar con una hembra. Esto llamó la atención de los dos guardias quienes empezaron a gritar que parasen, pero Ammy hacía caso omiso. La otra hembra delataba algo en su forma de mirar; estaba asustada. Por suerte los soldados no podían verlo desde su posición.

Ammy cubría el cuerpo de la hembra. Los soldados parecían incómodos.- ¿Asfat burruk maniton vita? Li burruk ri irunde mai vera…- y otras cosas que venían a querer decir que el sexo entre hembras no era natural. Las insultaron, les ordenaron parar. No muchos humanos sabían que la mayoría de gallas se podían sentir atraídos por los humanos, pero era algo extraño pues era como manifestar tu atracción por una cabra, aunque físicamente los gallas y los humanos no tenían tantas diferencias, pero era algo que solo los gallas sabían, pues estos podían ver a ambas razas. Por todo esto se violentaban. Las mujeres, sin ni siquiera saberlo estaban excitando a estos soldados, quienes sociológicamente estaban obligados a ver a los humanos como eso, animales, mascotas. Lulaia si sabía cómo era la fisonomía de arriba a abajo de los galla, lo sabía hacía años por un encuentro con un ikkiba solitario, un ikkiba que tras ganar confianza con ella se dejó ver. Fue el único ikkiba con el que hubo podido hablar, incluso intimar.

Los solados galla se ofendieron hasta tal punto que perdieron percepción. Se situaron demasiado cerca de la jaula, ignorando que justo al lado, totalmente quieta, de espaldas, estaba Lulaia. Fue muy rápido. Los dos se desplomaron casi al mismo tiempo, uno con el cuello cortado, el otro con el mango de un puñal sobresaliendo de la cabeza.

Cogieron las llaves. La mujer que había estado sirviendo de cebo junto con Ammy se dio cuenta en el instante del plan de escapada. Antes de que pudiera empezar a ponerse nerviosa y llamar la atención, Lulaia, intuitiva, le golpeó en la cabeza.

Abrieron la jaula, pero la condenada estaba tan oxidada que hacía un ruido nefasto. Abrieron solo un poco. Ambas salieron casi reptando, todos dormían en la jaula. Arriba Jaroy llamó su atención. Lulaia miró a ambos, Farrok también estaba despierto. Obviamente se pondrían a chillar si no los liberaba, ella también lo habría hecho. Ammy fue rápida, cogió el puñal que estaba incrustado en el cráneo del soldado galla y se puso a cortar una de las cuerdas. Lulaia la detuvo. La caída de las jaulas sería demasiado ruidosa. El tiempo corría y no a su favor. Ya iba a resultar demasiado difícil escapar de la Ciudadela sin ser vistas por malditos vigías invisibles.

Rápidamente Lulaia se abalanzó sobre los cuerpos de los soldados. Los surcos en el suelo permitían saber su ubicación si eras un buen rastreador. Los desvistió. Ammy y Lulaia se cubrieron con sus atuendos. Los cascos con cuernos les quedaban algo grandes pero era mejor que nada. Lo más desagradable fue desangrarlos y cubrirse con su sangre. Al fin y al cabo ella sabía que la piel de un galla es roja. Si al liberar a los hombres llamaban la atención era mejor estar ya preparadas para mezclarse entre la posible muchedumbre que se reuniera allí.

Tras caracterizarse como pudieron, ocultando muy bien con jirones el bozal de Lulaia, lanzaron las llaves de sus jaulas a Farrok y Jaroy. Sin embargo estas estaban demasiado altas como para que ellos saltaran. Las poleas que habían usado para subirlos se las habían llevado los porteadores. Pensaron en cortar una de las cuerdas y dejar caer la jaula poco a poco usando el peso de ambas. Pensaron que Farrok pesaría menos que Jaroy, pero con la prisa pasaron por alto el peso del armazón metálico. Cuando la cuerda cedió ante el roce del puñal ambas salieron catapultadas hacia arriba. Se soltaron antes de llegar demasiado alto pero ahorraron bastante inercia a la jaula, que de haber caído totalmente libre de contrapeso habría matado a Farrok.

La jaula sonó pero no sabían si tanto como para haber llamado la atención. Ammy y Lulaia pensaron que ya habían hecho más que suficiente. Dieron el puñal a Farrok y dejaron que fuera este quien se encargara, o no, de liberar a Jaroy.

Ellas corrieron un trecho y después intentaron meterse entre la multitud. Parecía que la noche las camuflaba perfectamente hasta que llegaron a una calle más habitada.

Ammy tropezó un par de veces con habitantes galla y Lulaia se vio obligada a meterla en un callejón.

La rastreadora se dio cuenta de que su eventual compañera no era muy habilidosa. Debía proceder de Enietba, un lugar prácticamente desértico donde no habían demasiados gallas. Digamos que Ammy no había sobrevivido a los galla hasta entonces por haber aprendido a luchar contra ellos si no porque no se había topado con muchos.

Lulaia tenía esa cualidad desarrollada que era ver sin ver. Podía imaginarse perfectamente a un galla, su posición, movimientos, cercanía, constitución, usando todos los sentidos, guiándose a través del olfato, el tacto, el oído, los golpes de aire… En cambio Ammy delataba una falta total de destreza en este ámbito.

Hizo amago de marcharse dejando en el callejón a Ammy, al fin y al cabo nada la unía a ella. Esta la retuvo y dijo –Akiu- una palabra que la rastreadora casi no había escuchado y que significa por favor o gracias. Cualquiera de las connotaciones de la palabra confundieron a Lulaia que mostró por primera vez ese espíritu ardiente que delataba su mirada. Maldijo susurrante golpeando la pared del callejón.

Lulaia le dijo que mirase abajo. No irían por zonas de La Ciudadela que estuvieran empedradas si no por las que aun tenían suelo de tierra. Ammy debería fijarse en cómo se levantaba el polvo, o como se marcaban surcos por las pisadas de los galla que pasaban por allí. Irían en fila para que Lulaia abriese el paso. Era lo único que podía hacer, se lo advirtió, si se quedaba atrás, ella seguiría igualmente.

Mediante este método y sin que Ammy a penas tropezase llegaron al linde de La Ciudadela. Parecía que ambas iban a escapar indemnes, pero entonces Lulaia se detuvo. Olfateaba más de lo que quería. Cuando se sintió rodeada abandonó esa falsa calma y gritó rabiosa. Solo le bastó una mirada para indicar a Ammy que había que correr.

Pasado medio día las fuerzas de Ammy enflaquecían. A penas había sido alimentada los días anteriores que había pasado en La Ciudadela y aun así aguantó más de lo imaginado. Aun con todo su aguante había perdido de vista hacía horas a Lulaia, quien parecía correr como un demonio. Así, como una exhalación, se perdió entre las sombras cuando Ammy no pudo seguir el ritmo frenético.

Cuando los gallas la alcanzaron, Ammy, no se resistió en absoluto. La cogieron como un fardo y de nuevo la esclavizaron pero esta vez fue menos agradable. Se encontró en la misma situación que Lulaia cuando apenas era una desconocida. Ahora Ammy permanecía amarrada por los pies, boca abajo, aunque por suerte decidieron no taparle la cara. Aun así era demasiado doloroso. Sentía como los tobillos se separaban del resto de la pierna ante la presión de la soga y el peso de su cuerpo. También era insoportable el dolor de cabeza producido por tener toda la sangre acumulada en el cerebro. Empezó a gritar al poco tiempo de dolor, tanto, que la bajaron en seguida. No le cabía en la cabeza como Lulaia había aguantado esa tortura durante todo el tiempo que la tuvieron así.

De nuevo en la jaula imaginaba a la mujer de pelo trenzado aun corriendo, inalcanzable, y eso le hacía sonreír incluso ante los escupitajos del pueblo galla que había sido informado de que Ammy acompañaba a la asesina de gallas (como llamaban ahora a Lulaia).

A los dos días notó que los habitantes del pueblo sonreían, reían, lloraban y se jactaban. Una noticia importante para ellos era la razón. De cien gallas que habían salido (todo un ejército), treinta habían pedido la vida. Ammy pensó que esos gallas debían haber sido emboscados por Ikkibas ahí fuera, pero nada tenía que ver. Hablaban de la asesina de gallas, una primigenia, solo una, a la que por fin habían capturado, era la responsable de las muertes. Por lo visto se había introducido en una zona que se construye y destruye, para escapar del ejército de los cien que habían salido de La Ciudadela tras ella. Eso en sí era una locura ¿Quién a parte de los comerciantes (y no todos ellos) están preparados para adentrarse en las zonas pobladas?

Se hablaba de que los treinta soldados que la habían seguido, habían muerto al pasar por sitios en los que de repente había aparecido un edificio o parte de él, y habían quedado emparedados en sus muros, entre regueros de sangre y trozos de carne.

La asesina de gallas aguantó todo lo que pudo en la zona poblada, pero cada minuto es jugarse la vida, y aunque los setenta la veían correr de un lado a otro, esquivando la cosas que aparecían de la nada (suponía Ammy que guiándose de los golpes de aire, luz y olores), parecía agotada. Al fin y al cabo estaba desnutrida. Emergió como pudo y cayó desmayada. Un alivio para esos setenta gallas que quedaban con vida.

Ahora el pueblo entero seguía a la comitiva que llevaba a la asesina de gallas. La pasearon por todos los rincones, pero como esta, aparentemente, permanecía inconsciente el desfile acabó pronto. La subieron desnuda a una de las jaulas y la dejaron comida y agua. Cuando Lulaia despertó vio algo más que los alimentos. Debajo suya una gran hoguera seca permanecía a la espera de ser encendida.

Ammy no había sentido nunca con tanta fuerza el desconocido sentimiento de la compasión. Al fin y al cabo a los tercerplanistas humanos  salvajes no se les criaba a penas, mucho menos se les enseñaba valores. Aun así la compasión había despertado en Ammy que, a sabiendas de que Lulaia iba a ser sacrificada en la hoguera, hablaba con ella todos los días.

Tenían conversaciones que se traducían así:

–Debes estar orgullosa Lulaia-.

-No digas mi nombre. Si puedo volver a escapar no quiero que me reconozcan-.

-Claro… es bueno entonces esa mascara que no te quitaron- decía Ammy poco convenida de que Lulaia pudiera volver a escapar. -Entonces debes estar orgullosa Asesina de gallas. A nosotros los primigenios cuando nos matan, nos matan de forma sucia. Nos cortan el cuello y nos dejan desangrar, luego tiran nuestros cuerpos lejos de su Ciudadela donde no les llegue la peste, pero a ti te querrían hacer el honor de quemarte-.

-No es un honor y no me dejaré quemar ¿Y tú, como sabes, si tu eres de Enietba, no? Allí apenas hay gallas-.

-Si, yo soy de allí, pero llevo días esclava aquí y los esclavos me lo han contado-.

Lulaia que estaba poco receptiva se quedó un rato en silencio –Si, me van a quemar como si fuera un Ikkiba. No por honor, por odio. Para escarmentaros a los que quedáis-.

-Creí que no te iban a quemar, que aún tienes un plan-.

Lulaia de nuevo se quedó en silencio –No hay más planes- El silencio se alargó de nuevo –Ya me conocen, aunque no hayan visto mi cara ni sepan mi nombre, saben que no me pueden bajar de esta jaula, sin peligro para ellos. Por eso han fundido la cerradura y me han quitado las ropas. Para que no esconda algo con que salir, ni haya nada que abrir-.

De nuevo el silencio. Los primigenios no estaban enseñados para afrontar la muerte y seguramente Lulaia había imaginado la suya luchando, sin enterarse. Pero eso, la espera… ninguna sabía cómo afrontar lo que estaba pasando.

Cuando parecía que nada podía romper el silencio, que no cabía una palabra en el aire, Lulaia compartió –Mi madre acababa de morir. La primera vez que me cogieron. Le cortaron el cuello delante de mí porque era vieja y no quieren a los viejos, no les sirven. Le cortaron el cuello y entonces me quedé quieta, no sé porqué, yo estaba luchando a punto de escapar. Solo eran diez gallas, solo tenía que matarlos. Pero me quedé quieta. No lo entendí. Fue raro. Fue tan raro como cuando te pude abandonar y no te abandoné en el callejón. No lo entendí-.

Para Ammy también era confuso, primero enterarse de que cuando capturaron a Lulaia la primera vez esta estaba con su madre ¿Es que la había criado desde siempre?

Ammy apenas podía recordar a su progenitora. Lo normal en el tercer plano era criar a los niños, como muy tarde, hasta los siete años y luego dejarlos a su suerte. Claro que también era normal abandonar a los recién nacidos en ese mundo. Lo raro era que alguien se quedara con sus hijos después, que no se cansaran de ellos pasados los siete años. Al fin y al cabo los niños son más torpes, te retrasan y pueden hacer que te maten.

Ahora entendía porque Lulaia era tan hábil, la madre de esta debía haberle enseñado todos los trucos que conocía.

El día de la quema, Ammy, sentía que le ardían las entrañas, una sensación que no había sentido antes. Agua salada emanó de sus ojos y no lo entendió, pero se sentía enferma. Sentía asco hacia el pueblo galla que se había reunido para ver el espectáculo.

Uno de sus líderes habló barbaridades, acusó a la Asesina de galla, la llamó hasta hereje. Dijo que era un demonio tramposo que había matado a cuchillo a dos buenos gallas, y había engañado a otros treinta muy buenos para meterse en zonas pobladas, donde todo se construye y destruye al mismo tiempo. Dijo muchas cosas y luego encendió la hoguera.

Ammy vio a Lulaia subirse al principio a lo alto de la jaula de metal al sentir que le ardían los pies, y al poco tiempo bajarse pues toda la estructura quemaba por igual. La oyó gritar de rabia. Vio como su carne enrojecía. Sin entender porqué, ella también se enfureció, escaló las paredes de su propia jaula y también gritó, acompasando a Lulaia, soltando espumarajos por la boca y viéndose sus ojos empañados.

En medio de la rabia y el desconsuelo un silbido fantasmal se manifestó. Un ejército de sombras hizo aparición, las jaulas se abrieron, muchos gallas cayeron, el fuego quedó extinto ante el aliento espectral. La figura de lo que parecía ser un hombre emanó de entre estas sombras, liberó a los esclavos, los bajo de las jaulas, les enseño con gestos a cuidarse y seguirle y… cuando miró a la Asesina de gallas, la cara de ese hombre que se hacía llamar Becquer, cambió. Ammy creyó que se conocían y también creyó ver sorpresa y amor (aunque no sabía muy bien el significado de esa palabra), en esa cara salvadora.

Bécquer, el General de Asip (fantasmas), cargó con Lulaia.

Ammy, sin que nadie le dijera nada, cogió una enorme vasija de agua y la vertió sobre Lulaia que pareció aliviada con el acto.

De camino a alguna parte, con un grupo muy numeroso de primigenios, Lulaia bajó de los brazos de Bécquer, a quien parecía no importarle cargar con ella. No obstante esta prefería caminar por su propio pie.

En ese camino, sin saber donde les llevaba aquel al que todos ya admiraban, hacían por aprender impacientemente el idioma de la libertad de la boca del General. En ese camino hacia Chernogorsk, Bécquer enseño a Lulaia (a la que por alguna razón prestaba más atención que al resto) y a Ammy a reconocer los sentimientos que habían hecho aparición. Por lo visto ellas estaban ahora unidas por algo que se explicaba con una palabra, procedente del idioma de la libertad; AMISTAD.

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